Una conexión a Internet, Bill Evans, 1 whisky de más y las 0:05 de un sábado. Uno se cree que va a escribir un post histórico y se pone a estrujarse las meninges buscando un tema sobre el que pontificar o piensa si no sería mejor conectarse al facebook y ver si encuentra a la chica que le gustaba de la universidad y mandarle un mensaje que mezcle las dosis justas de humor y encanto para que no le pongan a uno directamente en la lista de bloqueados.
Ante la duda de si merece la pena intentarlo, y convencido de la dificultad de escribir un mensaje que no suene exactamente como si se le hubiera ido a uno la pinza (1,2 whiskys de más tampoco es tanto, y aún se puede tener criterio), piensa uno en escribir un post acertado y ecuánime sobre el problema de Oriente Próximo; no obstante lo más probable es que finalmente llegue a la conclusión (1,5 whiskys de más ya) de que lo más seguro es que termine mandando a ambas partes a tomar por el culo, porque no cree que dos tribus de mierda tengan que merecer más consideración que los mandingas que al menos pueden ser objeto de interés por sus grandes pollas.
Exactamente después, junto con los aplausos de “My man’s gone now” y a 1,9 ya el depósito de whisky llega uno a preguntarse si no sería el momento de componer un correo electrónico a una persona que de verdad echará de menos, y a la que por un problema de roles ha preferido dejar marchar sin más; porque uno tiene muy claro que “donde tengas la olla, no metas la polla”. Asimismo la noción de que las posibilidades de ser malinterpretado son grandes, y de que puede salir uno como un chalado, son pese a los 2 whiskys razones de peso para abstenerse.
Por tanto, también puede optar a despotricar acerca de la economía, pero, pese a que el vaso vuelve a estar lleno, y de forma temeraria debe añadirse, piensa que esa pandilla de grandísimos hijosputa que nos gobiernan, tampoco se merecen que uno dedique esfuerzos a intentar entender algo que difícilmente va a poder explicar de forma solvente y que parece que debe atribuirse a una película de artes marciales de los años ochenta que salía un tal Michael Dudikoff o alguna soplapollez similar. Todo sea por no reconocer que somos un país de mierda, en fin.
Y con eso, y con el whisky ingerido diríamos a 2,2, pese a que el vaso tampoco se ha inmutado, determina pues, si no sería tal vez mejor momento para escribir un email cargado de reminiscencia y sincera amistad a un amigo para que le diga si, acaso se le ha ablandado la mollera por sentirse mal por no haber podido decir lo que pensaba de forma sincera en el caso dos párrafos más p’arriba. Pero, y tras comprobar que el nuevo vaso, y su propio estómago empiezan a evidenciar que como escritor alcohólico uno no es más que un amateur, piensa que tal vez sea el momento preciso de con los últimos compases de “All of you” abandonar e irse directamente a dormir.
SIn embargo 0,5 vasos de whisky todavía permanecen en el vaso y 10 minutos aproximadamente le faltan al disco de Mr. Evans, una relación tiempo/consumo alcohólico apropiada, por lo que un último intento de redactar algo para la posteridad queda.
Pero le sobreviene a uno el vacío de las ocurrencias y se pregunta si no debería por tanto pensar en la muerte como todo el tiempo desde el principio de la existencia de universo en que su vida no existió o no existirá desde que palme hasta que termine el universo, porque al fin y al cabo la versión de los tralfamadorianos es la que más precisa le parece si eso de cambiar por si mismo el mundo como que va a ser que no.
Y si la cosa es así de difícil no debería por tanto conformarse con cambiar la propia vida para mejor, y los 2,6 whiskys se ríen porque tampoco es el mejor momento de lanzarse a la aventura aunque piensa uno si una empresa que no puede conservar algo valioso merece algo la pena.
Pero claro, no se es para nada idiota, y otro trabajo por cuenta ajena al fin y al cabo no va a ser tan diferente a este mismo, aunque a ver como se lo explicas a una persona más joven y con ganas de hacer cosas sin parecer paternalista, así que la felicitas, le das un beso, te callas y te jodes.
Al final Bill Evans termina lo suyo y Chet Baker le sigue pese a que el vaso de whisky tampoco ha acompañado completamente y se queda en un 0,2 holgado, recordándole a uno su condición de amateurismo alcohólico. Este Chet Baker es de los últimos y con pensar en ello el tralfamadorianismo le pasa a parecer a uno una soberana memez, porque al fin y al cabo la experiencia de los últimos 20 días piensa uno, que le va a quedar de alguna forma marcada, ya que también le marcó hace ya demasiados años aquella chica que le gustaba en la universidad.
Con ello llegan los primeros compases de “My Funny Valentine” y los últimos sorbos de whisky; que ante todo no se merecen este desastre de post.