Cuando abrió la puerta, aunque Tulia había sido prevenida sobre las interminables negociaciones, no dejó de sorprenderle como una única noche en blanco podía haber pasado tamaña factura en el aspecto de aquellos hombre otrora tan gallardos; la sombra de la barba era evidente en el príncipe, el único totalmente rasurado de la habitación, lo que llenó de desagrado a Tulia al pensar que su amiga iba a contraer matrimonio con un bribón tal era el aspecto del príncipe.
En el interior de la habitación no era menor el desconcierto del capitán de la guardia, hombre poco habituado a las tareas de amanuense, dio un respingo cuando Tulia abrió la puerta y se llevó la mano al cinto en gesto de buscar su daga, reflejo adquirido después de años de tener que moverse en determinados ambientes de Flair. La presencia cuasi-angelical aquella mañana de Tulia cuya nariz y mejillas se habían arrebolado por el frío de los pasillos de palacio atrapó la mirada del capitán, mientras duró su visita.
Sin embargo Tulia no se percataría de esto, aunque tras una ligera reverencia recuperara el habla para cumplir su cometido y advertir que la Dama Egedia estaba en esos momentos preparándose para la ceremonia, ante la mirada aliviada del príncipe y el vizconde que podían cerrar las negociaciones al fin.
Los negociadores dieron pues las últimas instrucciones a sus secretarios, y el vizconde dio sus parabienes al príncipe:
- Mis felicitaciones señoría, espero que su opinión sobre los sureños haya cambiado mañana a estas horas.
- Gracias señor vizconde, ya va cambiando- dijo el príncipe acercándose a besar la mano a la dama de compañía de su futura esposa, en un gesto que si hubiera sido realizado anteriormente, hubiera acortado las negociaciones tal fue el efecto favorable sobre el vizconde.
Sin ceremonia ambos hombres estrecharon las manos y apoyado del brazo de su hija, moviendo con dificultad las viejas piernas entumecidas, salieron padre e hija al pasillo.
En el interior del estudio los escribientes recogían los legajos, y aún discutían los pormenores del tratado que se firmaría al día siguiente, con la intención de liquidar antes de la cena todo el asunto y centrarse en las celebraciones venideras, con premura abandonaron la habitación.
- Muy hermosa, Elrik, la muchacha ¿verdad?- afirmó divertido el príncipe, evitando con intención referirse a ella por su condición de noble, en un gesto de camaradería que lamentaría en el futuro.
- Así es señoría. No me importaría acompañarle una vez más cuando viaje a Merval, me agradaron mucho el clima y las mujeres. Perdonad ¿Quién es ella?
- Una hija del vizconde. - contestó Renan viéndose interrumpido por el mayordomo que le exigía que se dirigiera a sus aposentos y no demorara los preparativos.
El príncipe aprovechando para aumentar la exasperación del mayordomo, alcanzó una de los relieves de la pared y abrió un pasadizo que le llevaría a sus habitaciones; el mayordomo por su parte ante tamaña desfachatez se acordaría de mandar a un sirviente a las neveras, para acondicionar el baño del príncipe.
- Venid conmigo, Elrik.