Tulia dejó de la habitación y a su amiga; estaba totalmente vestida desde temprano, pues no había dormido gran cosa, decidió no demorarse más y emprendió camino del ala de palacio donde se encontraban las habitaciones del Príncipe Renar.
Fuera de las estancias asignadas a Egedia y sus acompañantes, el frío y la humedad se dejaban sentir, entre una nube de vapor un cortejo de sirvientas transportaba todo lo necesario para el aseo de la futura princesa. A la cabeza, una sirvienta bajita y fornida acarreaba con determinación el agua caliente, Tulia se hizo a un lado, y no poco después, tras terminar de pasar el desfile de todas las muchachas, se percató de que tal vez este matrimonio iba a suponer importantes cambios en sus vidas.
Allá en Merval, ella, la hija de una familia adinerada perteneciente a la pequeña nobleza local, había vivido casi toda su vida en el seno de la familia ducal, después de que su madre hubiera fallecido de unas fiebres cuando era muy pequeña. Su padre siempre había sido el hombre de confianza en asuntos de negocios del duque, y este decidió que para que sus asuntos financieros siguieran siendo perfectamente gestionado por el Vizconde Hains, su familia acogería a la pequeña Tulia, sólo un poco mayor que su hija Egedia.
Pese a la preminencia nobiliaria de la familia ducal, el sistema foral de la región del sur causaba que en las ciudades las distintas clases sociales: artesanos, comerciantes, mercaderes, hombres de religión y terratenientes vivieran de manera no muy dispar en cuanto a costumbres, y únicamente los más famosos actores de la temporada evitaban las plazas y mercados ante la imposibilidad de vivir anónimamente.
Tulia andaba rauda con los brazos cruzados por delante algo preocupada por aquellos pasillos algo lúgubres que el mayordomo le había indicado para ir en busca del príncipe. Su preocupación venía de haber sido puesto en su conocimiento, por el refinado sirviente, que su alteza el príncipe no había dormido en sus habitaciones y que el príncipe junto con algunos invitados habían pasado la noche en las negociaciones en el gabinete de su majestad. Aunque sus preocupaciones diarias no iban normalmente en esa dirección, su padre, durante el viaje hacia Flair, les había explicado a las dos jóvenes de la importancia del tratado sobre la supresión del impuesto real de un real la odre para el vino de su región, que se firmaría con motivo de las celebraciones. Esta supresión suponía para el vino del sur un gran alivio ante el boicot que sufría el país por causa de las pretensiones de sus vecinos de Agramont, más allá del cabo de Khamur, acerca de los caladeros que tradicionalmente había explotado la flota pesquera de Merval.
En cambio esta supresión no iba a afectar a otros productos: la cerveza de la propia Flair o la hidromiel del norte. El mismo príncipe, cuyo linaje por parte de madre procedía del norte, no veía con buenos ojos el acuerdo, ya que, con razón, sospechaba que los importadores harían también su agosto con aquella medida. de todos era sabido que el duque, como argumentaba al Rey el príncipe Renar, sería uno de los grandes beneficiados por sus tratos con los mercaderes Agramontianos y Remosios. El acuerdo no era por tanto seguro, y entre cupos, plazos y amenazas de controles fronterizos habían pasado entre otros, el príncipe, el vizconde , sus secretarios y varios escribas aquella víspera de boda.
Después de horas de negociación únicamente los más resistentes aguantaban y dos jóvenes escribientes dormitaban recostados el uno contra el otro en un rincón; el príncipe emprendía su enésimo recorrido alrededor de la mesa, y el vizconde intentaba por última vez introducir un resquicio para incluir la pequeña producción de espirituosos en el marco del tratado. El príncipe creía haber dado un golpe maestro al pedir al imperturbable capitán de la guardia, Lord Craeds, que tomara él la pluma; esperaba que su aspecto imponente acallara las inclementes precisiones legales de uno de los secretarios del vizconde, que por su parte observaba más relajado, ya satisfecho con lo acordado, pero que por principio seguiría intentando conseguir una última concesión. El humo del tabaco, el sudor y los rescoldos de la chimenea eran especialmente inclementes con los esfuerzos de aquellos hombres por apuntarse nuevos argumentos, cuando Tulia tocó a la puerta.